jueves, 3 de mayo de 2012

COMENTARIO DE TEXTO. Un viejo que leía novelas de amor. Fragmento.

Mañana trabajaremos este texto en clase. Llevad hecho el comentario para poder profundizar en distintos aspectos, por favor. Os doy algunas indicaciones:

Preparación del comentario:
Lectura atenta en la que nos fijamos en los aspectos que hemos destacado en la guía de lectura presentada en la entrada anterior. Os resumo aquí los puntos:  
1. Enfoque de la lectura: 
    a) Relación que establece cada personaje con  de la naturaleza. 
  b) Construcción del personaje principal ( Datos a través de su actuación o pensamiento, de sus monólogos, técnica del flash-back, relato, recuerdo, 2ª persona: "te llena", "te dirá" hablándose a sí mismo...)
2. Tema: referencias al tema del compromiso ecológico.
3. Recursos de la narración:  en este fragmento, alternancia de narradores, técnicas para la introducción de personajes, monólogo (en forma dialogada, con frases asertivas, incluso con tono imperativo), vocabulario específico, empleo de las oraciones interrogativas, el río como sonido e imagen de fondo, siempre presente, personificación de la selva, la dignidad del animal, los distintos planos en los que se mueve el personaje principal con respecto a los blancos, a los suhar, al animal, a la selva... en fin, todo aquello que encontréis en el texto que nos sirva para la reflexión sobre todos estos aspectos de la obra.
4. Las dos culturas. Reflexión sobre este tema a partir de lo que nos aporta este fragmeto, que enriquece quizá esta visión ofreciendo una perspectiva más amplia. ¿A qué parte pertenece el protagonista en este fragmento? Extensión de la conclusión a toda la obra.

TEXTO:
Página 56-58 ( ref. al libro subido en la entrada anterior):
(Contexto: dirigiéndose a la selva, siguiendo el rastro de la tigrilla, "la hembra" citada en el primer renglón,  para darle caza. El primer punto del comentario, aparte del autor y su relación con los suhar, pueblo sobre el que Luis Sepúlveda hizo un estudio durante varios años, debería  ser la localización del fragmento en la obra. Un párrafo es suficiente.)

"¿Por qué recuerdas todo esto? ¿Por qué la hembra te  llena los pensamientos? ¿Tal vez porque ambos saben que están parejos? Luego de cuatro asesinatos sabe mucho de los hombres, tanto como tú de los tigrillos. O tal vez tú sabes menos. Los shuar no cazan tigrillos. La carne no es comestible y la piel de uno sólo alcanza para hacer cientos de adornos que duran generaciones. Los shuar; ¿te gustaría tener a uno de ellos contigo? Desde luego, a tu compadre Nushiño.
—Compadre, ¿me sigues el rastro?
El shuar se negará. Escupiendo muchas veces para que sepas que dice la verdad, te indicará desinterés. No es su asunto. Tú eres el cazador de los blancos, el que tiene una escopeta, el que viola la muerte emponzoñándola de dolor. Tu compadre Nushiño te dirá que los shuar sólo buscan matar a los perezosos tzanzas.
—¿Y por qué, compadre? Los tzanzas no hacen más que dormir colgando de los árboles.
Antes de responder, tu compadre Nushiño se largará un sonoro pedo para que ningún perezoso tzanza lo escuche, y te dirá que hace mucho tiempo un jefe shuar se volvió malo y sanguinario. Mataba a buenos shuar sin tener motivos y los ancianos determinaron su muerte. Tñaupi, el jefe sanguinario, al verse acorralado, se dio a la fuga transformado en perezoso tzanza, y como los micos son tan parecidos es imposible saber  cuál de ellos esconde al shuar condenado. Por eso hay que matarlos a todos.
—Así dicen que ha sido —dirá escupiendo por última vez el compadre
Nushiño antes de marcharse, porque los shuar se alejan al finalizar una historia, evitando las preguntas engendradoras de mentiras.
¿De dónde vienen todos estos pensamientos? Vamos, Antonio José Bolívar. Viejo. ¿Bajo qué planta se esconden y atacan? ¿Será que el miedo te ha encontrado y ya nada puedes hacer para esconderte? Si es así, entonces los ojos del miedo pueden verte, de la misma manera como tú ves las luces del amanecer entrando por los resquicios de caña.
Luego de beber varios tazones de café negro, se entregó a los preparativos. Derritió unas velas y sumergió los cartuchos en el sebo licuado. Enseguida les permitió gotear hasta que estuvieran cubiertos por una fina película. De esa manera se conservarían secos aunque cayeran al agua. El resto del sebo derretido se lo aplicó en la frente cubriendo especialmente las cejas hasta formar una suerte de visera. Con ello el agua no le estorbaría la vista en caso de enfrentar al animal en un claro de selva. Finalmente, comprobó el filo del machete y se echó a la selva en busca de rastros.
Comenzó trazando un radio de doscientos pasos contados desde la choza en dirección oriente, siguiendo las huellas encontradas el día anterior. Al llegar al punto propuesto inició una variante semicircular en pos del suroeste. Descubrió un lote de plantas aplastadas, con los tallos enterrados en el lodo. Ahí se agazapó el animal antes de avanzar hacia la choza, y las formaciones de vegetales humillados se repetían cada ciertos pasos desapareciendo en una ladera de monte. Olvidó esas huellas antiguas y siguió buscando. Al hacerlo bajo grandes hojas de banano silvestre encontró estampadas las patas del animal. Eran patas grandes, tal vez como puños de hombre adulto, y junto al rastro de pisadas encontró otros detalles que le hablaron de la conducta del animal.
La hembra no cazaba. Tallos quebrados a los costados de las huellas de las patas contradecían el estilo de caza de cualquier felino. La hembra movía el rabo, frenética hasta el descuido, excitada ante la cercanía de las víctimas. No, no cazaba. Se movía con la seguridad de saberse enfrentada a especies menos dotadas. La imaginó ahí mismo, el cuerpo flaco, la respiración agitada, ansiosa, los ojos fijos, pétreos, todos los músculos tensos, y batiendo la cola con sensualidad.
—Bueno, bicho, ya sé cómo te mueves. Ahora me falta saber dónde estás.
Le habló a la selva recibiendo la única respuesta del aguacero.
Ampliando el radio de acción se alejó de la choza del puestero hasta alcanzar una leve elevación de terreno, que pese a la lluvia le permitía un buen punto de observación de todo lo recorrido. La vegetación se volvía baja y espesa, en contraste con los árboles altos que lo protegían de un ataque a ras del suelo. Decidió abandonar la lomita avanzando en línea recta hacia el poniente, en pos del río Yacuambi que corría no muy lejos.”

En la siguiente entrada subiré un comentario redactado sobre el fragmento a partir de las indicaciones propuestas, incluyendo vuestras aportaciones en clase. Buen trabajo.

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