miércoles, 18 de abril de 2012

COMENTARIO DE TEXTO. Intertextualidad en "Los girasoles ciegos".


Esta mañana hemos hablado en clase de  intertextualidad referida a Los girasoles ciegos. Venía a colación de nuestro breve acercamiento al teatro del siglo XX (ya os comenté qué sacrilegio me parece tener que pasar de ese modo tan por encima-que es tan por debajo- de tantas obras, autores, pensamientos, creaciones,... arte, cultura, historia, literatura...en pocos minutos entre examen y examen. Pero no sirve para nada quejarse, así que vamos).
Trataba de mostraros que es necesario tener presente que estos temas de literatura divididos en décadas, en géneros y en corrientes, no son partes distintas, sino pinceladas que conforman un todo, un cuadro que nos muestra una imagen muy real de la sociedad, de la vida. 
En nuestro recorrido por la narrativa, presentamos algunas técnicas de creación literaria que se incorporaron a la novela a partir de los años 40 en España. En  La Colmena, de Cela, se impone la técnica del contrapunto. En 1962, con Tiempo de silencio, las innovaciones encuentran su plasmación conjunta en la obra de Martín Santos. Pero creo que es con Camilo José Cela con quien se establecen más nexos. Pensemos en en Manuscrito encontrado en el olvido, el segundo relato de Los girasoles ciegos, aparecen elementos de construcción del texto que aparecían en La familia de Pascual Duarte, sobre todo en lo que se refiere a la suma de cartas y documentos externos a la narración en primera persona que sustenta el relato. Esta narración y su enfoque tienen su antecedente en el Lazarillo, el modelo perfecto de relato autobiográfico que pretende explicar, que no confesar -o al menos no confesar para pedir la absolución- cómo ha llegado al estado en el que se encuentra al lector de su historia. 
No es lo mismo intertextualidad que referencia literaria, aunque estén muy conectadas. Se hacen referencias literarias de este relato  a Góngora ("infame turba de nocturnas aves"), a Garcilaso, a Miguel Hernández, a Federico García Lorca. 
En la cuarta derrota creo que se mezclan intertextualidad y referencias literarias: por una parte, la estructura mantiene dos mundos paralelos, uno el de fuera, otro el de dentro de la casa, a un lado y a otro del espejo, como nos dice Lorenzo al contar su historia, también en contrapunto. ¿Cuál de los dos mundos es verdad? ¿En qué parte está el mundo real?   

                                                    

Sin embargo, no es solo un elemento estructurador, puesto que se explicita la cita o referencia literaria a Alicia en el País de las Maravillas y su autor, Lewis Carroll.

Otro aspecto en el que puede establecerse esta relación de intertextualidad es en el lenguaje.La preocupación por crear una prosa rica y original que ayude a la caracterización de los personajes era una de las cualidades del Lazarillo, o del Buscón, por poner otro ejemplo. Si Cela guarda buen cuidado de crear una riquísima prosa original llena de modismos, con una sintaxis que forma parte de la caracterización del personaje de Pascual Duarte, por ejemplo, Alberto Méndez hace gala de su dominio del lenguaje en todo el texto, especialmente en el cuarto relato, donde cada narrador aporta un registro lingüístico diferente, propio de su nivel cultural.

No voy a desarrollar más estos contenidos, porque solo quiero ofreceros este apunte que nos sirva de repaso a algunos aspectos de los que hemos comentado en clase. Y porque en realidad lo que quiero es mostraros una conexión de la prosa y la poesía en torno a uno de los temas que se desarrolla en Los girasoles ciegos. La poesía social y existencial de después de la guerra trató muchos aspectos de la contienda. La poesía de la experiencia, que es la corriente dominante en los 60, ofrece un punto de vista más íntimo y personal, el recuerdo de una vivencia que marcó hondamente a los autores. Quiero mostraros un poema que podría generar un relato como los que escribió Alberto Méndez. Es el poema "Ciudad cero", de Ángel González, donde nos cuenta su experiencia vivida cuando era un niño y la huella que dejó en él para siempre:

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años —que eran
la quinta parte de toda mi vida—,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente,
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
—papeles y retratos
en medio de la calle...
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.


Es autobiográfico. Ángel González perdió a su padre cuando tenía apenas 18 meses. Uno de sus hermanos fue asesinado por la tropa franquista en 1936 y el otro tuvo que huir al exilio también por sus ideas republicanas. Su hermana, que era maestra, no pudo ejercer porque su familia pertenecía a esta ideología. Y, muy joven, estuvo a punto de morir al caer enfermo de tuberculosis; por este motivo pasó un largo tiempo apartado en un pequeño pueblo, donde ahondó en su afición literaria. No se sabe qué habría inspirado más a Alberto Méndez para un relato, si el poema o la vida del poeta...





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